Macario Polo Usaola
SEGUNDO PREMIO
Concurso de Relato
#CreaCIC 2020

No sé si me sucedió

—Yo recuerdo ese día como vivido dentro de otra piel, desdoblado. Como si fuera un sueño, vaya —le dije a mi compañero de viaje.

El chófer nos miró por el retrovisor. Como casi todos los días, yo me había subido al auto colectivo a primera hora de la mañana en la esquina de María Rozas con Libertador O’Higgins. Con cierta frecuencia, dos cuadras después subía una señora que llevaba siempre unas bolsas de la compra, extraño porque todavía no había abierto apenas ningún negocio. Luego, en General Velázquez, Bernardo le echaba el alto al coche en su semáforo y se unía a nosotros. Como ya conocíamos las circunstancias de cada uno, Bernardo entraba al auto por la puerta izquierda, por la que transcurre el tránsito, para evitar así bajarse y volverse a subir cuando la señora se apeara a medio camino, a la altura de Víctor Jara, y se quedaba sentado a mi lado. En ese trayecto que, con la avenida diáfana por lo temprano de la hora, se hacía bastante rápido, los tres pasajeros viajábamos apretados y
en silencio en el asiento trasero; pero, cuando la señora se apeaba, Bernardo y yo nos separábamos, recolocándonos y, como si esos movimientos nos hubieran desentumecido el cuerpo del anquilosamiento del sueño de la noche recién terminada, retomábamos la conversación exactamente en el mismo punto en que la habíamos dejado la víspera, sin mediación previa, como si no hubiera transcurrido un intervalo de casi veinticuatro horas.

—Son curiosos los sueños, sí —dijo Bernardo—. En los míos me veo a mí mismo desde fuera, como si me estuvieran grabando desde una cámara. Quiero decir, que lo que veo no es lo que ven mis ojos, sino lo que vería un espectador que me estuviera observando.

—Bueno, pues la verdad es que no sé si lo que te contaba me pasó a mí, o si me sucedió tal y como lo cuento; es posible incluso que le sucediese a otro, a quien me lo narrara, que no recuerdo quién habrá podido ser, pero tal vez yo haya absorbido la historia tan vívidamente que me crea que me pasó a mí.

—Puede ser que sí que te ocurriese pero que, si has accedido muchas veces a ese recuerdo, se haya modificado y desvirtuado de tanto leerlo, no sé si me explico.

—¿Como si se fuese desgastando la zona del cerebro en la que está almacenado, quieres decir?

—Sí, imagina que escarbas cada cierto tiempo en un algún lugar para coger algo, una raíz nutritiva que debes tomar y a la que dejas crecer pero que, cuando está apenas crecida, la cortas porque precisas ese alimento. La planta se irá secando y crecerá cada vez más despacio y te dará menos nutriente, o la raíz huirá del sitio en el que la buscas y tenderá a crecer en otro sentido. Un poco a tu recuerdo puede pasarle lo mismo, que de tanto buscarlo se ha ido deformando; cada vez que lo cuentas aportas a la historia algún adorno nuevo para aumentarle la emoción y el interés o su punto cómico, circunstancias que después repites cuando lo relates nuevamente, volviéndolos a exagerar un poco, sesgando de este modo el recuerdo y modificando los hechos en tu memoria, como un trilobites que no hubiera muerto del todo y se moviera en la roca en la que se ha fosilizado, alterando así la huella que deja.

«Se le ha ido la olla», pensé.

—Cuéntame de nuevo aquello del avión que me contaste hace unos meses —me pidió Bernardo—, lo del tipo que se os murió al lado, a ver si se parece la historia que me contaste al recuerdo que tienes ahora.

—¿Lo del avión? Pues que venía con mi mujer desde España a Santiago. Faltaban 2 o 3 horas para aterrizar. Íbamos yo pegado a la ventanilla, mi mujer en el centro y, a su lado, un hombre al que no conocíamos. Pues eso, cuando ya estábamos más o menos cerca de aquí, vemos que el hombre está sentado, pero agachado hacia el suelo y con el brazo estirado. «Le ha pasado algo», me dice mi mujer, y yo le digo: «Déjalo, que está buscando algo». Total, que ella sigue con su libro y yo con mi película…

»Pues como a los diez minutos mi mujer me avisa de nuevo: «Oye, que sigue igual». Total, que lo meneo un poco y le digo que si busca algo, pero el tipo no contesta y no se mueve, así que avisamos a un tripulante, que vino y lo tocó también y, como no reaccionaba, pidió un médico por los altavoces. Se acercó uno del fondo del avión y le tomó el pulso y le echó la cabeza para atrás y le miró la pupila, y resulta que el tipo es que se había muerto y ni nos habíamos enterado. Nos lo dejaron allí sentado, sujeto por el pecho a su asiento para que no se venciera hacia delante, tapado con una manta.

—Fíjate —me dijo—, que la otra vez me contaste que eras tú quien leía y ella la que veía un filme.

—Juraría que no, pero bueno. Es curioso, sin embargo, porque tampoco estoy seguro de que esto del avión me haya pasado a mí.

—Hombre, pues es una historia muy fuerte como para habértela inventado.

—Ya lo sé, pero creo que sí, que no me paso —le dije—, porque nunca he estado en España y nunca me he casado.

—Claro —me dijo Bernardo—, es que me pasó a mí.

El colectivo llegó a la plaza Baquedano. Allí, como todos los días, me bajé sin que ni Bernardo ni yo nos despidiéramos, para cruzar hacia Bellavista por el puente de Pío Nono. Bellavista es un barrio con mucho ambiente, «La Bohemia» le dicen, sobre todo por las tardes, en que los bares llenan las aceras de mesas en las que los estudiantes se sientan a beber cerveza. Allí vivo en mi estudio sin salir casi del barrio, inventando las historias que, como esta, el alcohol graba con cincel en la plasticidad de mi memoria, hasta hacérmelas pasar por auténticas.