Exposición sobre Galdós en la Biblioteca General de Toledo

La Biblioteca General del campus de Toledo acoge desde hace unos días una exposición bibliográfica realizada en colaboración con el Ateneo Científico y Literario de Toledo, sobre ese grande de la Literatura que es Benito Pérez Galdós, de cuyo fallecimiento en enero se cumplió un siglo, y que tan vinculado estuvo a la ciudad de Toledo.

Reproducimos este texto del profesor Juan José Fernández Delgado, presidente el Ateneo Científico y Literario de Toledo y académico de la RABACHT, que ha colaborado con la UCLM en el montaje y aportando parte de los libros que se exponen.

BENITO PÉREZ GALDÓS (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920). Novelista, dramaturgo y cronista. Es considerado el mejor novelista español después de Cervantes, de quien aprendió diversos modos de decir narrativo; y en Europa, su prestigio novelístico corre parejo al de Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi. Fue leído y admirado por el gran público, de modo que “desde Lope de Vega, ningún escritor fue tan popular, ninguno tan universal desde Cervantes” (Max Aub). En 1862, sus padres le envían a Madrid a estudiar Leyes, pero en la Corte se introdujo muy pronto en el ambiente cultural y frecuentó las redacciones de periódicos, teatros, las tertulias de los cafés y del Ateneo y, al tiempo, se olvida del mundo universitario, pues, cada vez más se interesa por los problemas sociales, políticos e ideológicos, y colabora en varios periódicos. Se define progresista y anticlerical y fue diputado. Pero esta actitud se acompaña de un espíritu cada vez más tolerante: admira a Cánovas; se dispensaron mutua simpatía él y Alfonso XIII; compartió amistad con M. Pelayo y Pereda… Ingresó en la RAE en 1897. Su discurso versó sobre «La sociedad presente como materia novelable».

Desde Madrid, viaja por Europa: a París en 1867 y 1868 y descubre a Zola y a Balzac. En contacto con los escritores franceses, superó los rescoldos románticos en favor del naturalismo, a lo que añadió una gran expresividad y profundidad psicológica. Viaja también a Inglaterra, Alemania, Dinamarca y Rusia y Tolstoi le atemperará sus ideas extremas. Traduce la obra más cervantina de Charles Dickens.

Aunque cultivó varios géneros literarios, su labor inmensa pertenece a la novela, en la que destacan títulos excepcionales y la serie de Episodios Nacionales (46 vols.): en ellos narra la Historia de España desde la Guerra de la Independencia hasta la Restauración. Y aunque es un autor muy prolífico y gozó de la estimación popular, los últimos años de su vida fueron tristes: casi ciego dictó sus últimas obras, pasó estrecheces económicas y encontró férrea oposición en el elemento tradicional para que le concedieran el Premio Nobel de Literatura; también fracasaron varios intentos de hacerle un homenaje nacional, pero ahí estaba el planeta de los toros que le socorrió con los beneficios de una corrida. Murió en Madrid el 4 de enero de 1920 y su entierro se convirtió en una gran manifestación popular.

Galdós escritor. Superados unos escarceos en el teatro, aparecen sus primeras novelas: La fontana de oro (1870), La sombra (1871) y El audaz (1871), en las que no faltan posiciones radicales. También, Doña Perfecta (1876), Gloria (1877) y La familia de León Roch (1878), novelas de tesis, componen la narrativa galdosiana de esta primera época junto con Marianela (1878), muy distinta a las anteriores. Además, entre 1873-1879 escribe las dos primeras series de los Episodios nacionales y artículos que publica en la Revista de España.

En la década siguiente, escribe las “novelas contemporáneas”, 24 obras publicadas a partir de 1881 y localizadas en el Madrid de la época: La desheredada (1881) abre el camino al naturalismo; El doctor centeno (1883), Tormento (1884) y La de Bringas (1884), que comparten personajes; Miau (1888)… y las cuatro novelas sobre Torquemada multiplican los personajes y los escenarios madrileños. En ellas predomina el afán de aparentar frente a la desnuda realidad de ser como se es. El monólogo interior, la incorporación de personajes de unas novelas a otras, el estilo indirecto libre… son nuevas técnicas que enriquecen el proceso narrativo. El amigo manso (1882), calificada por Ricardo Gullón como primera “nivola”; Lo prohibido (1884-85), la novela más naturalista de Galdós, cuya acción está contada por un protagonista poco de fiar, son novelas de esta época. También Fortunata y Jacinta (1887), verdadero mural de la sociedad madrileña de la época: “Juanito Santa Cruz” y las dos mujeres del título son los protagonistas de este extraordinario fresco madrileño.

A partir de 1890 y de la lectura de Tolstoi, se advierte en las obras de Galdós un interés por los problemas éticos, por lo que se denominan las novelas de esta época como “espirituales”: Ángel Guerra (1890), Tristana (1892), Nazarín (1895), Halma (1895) y Misericordia (1897), novela de la caridad, son ejemplos muy representativos.
Como dramaturgo, son muy loables sus intentos de renovación eliminando lo aparatoso y grandilocuente de la escena, acaparada por Echegaray y por la alta comedia burguesa; no obstante, Galdós no dominaba la técnica teatral, por lo que careció de éxito como dramaturgo si se exceptúa Electra (1901), cuyo estreno ocasionó graves conflictos sociales. Ocurre, además, que la mayor parte de su teatro procede de novelas adaptadas para la escena: Realidad, El abuelo, Doña Perfecta, Misericordia

Pérez Galdós en Toledo. La relación de Galdós con Toledo es muy intensa y prolongada en el tiempo y se inicia a los pocos meses de llegar a Madrid. Y enorme y variada también, pues a Toledo se refiere en múltiples ocasiones y por distintos motivos, y de ella se sirve como escenario sin par para sus elucubraciones literarias en numerosos textos. Se inicia con Generaciones artísticas en la ciudad de Toledo (1870). En esta obra, Galdós da muestras eficientes de que ya se ha hecho con lo significativo toledano, y ello le va a inspirar el argumento de Ángel Guerra y de otros escritos sobre nuestra ciudad. También de 1870 es El audaz, cuyo protagonista de corte revolucionario transita por Toledo. En varios Episodios nacionales –Los apostólicos (1879), Un faccioso más y algunos frailes menos (1879) y Prim (1906)- elige, asimismo, Toledo como escenario. Pero es en Ángel Guerra (1891) donde expresa su gran homenaje a Toledo. En Memorias de un desmemoriado (1915), triste y casi ciego, dedica dos capítulos a rememorar experiencias vividas en Toledo. Así pues, si a Madrid dedicó lo esencial de su obra narrativa, Toledo se alza como la ciudad persistente en su proceso creador y más, si cabe, en sus afectos y sentimientos.
También es Toledo refugio para su tranquilidad y sosiego, adonde venía en fechas muy concretas. Solía venir solo, o acompañado por Alberto Aguilera, o su paisano y director de la Revista España, León y Castillo; luego será su sobrino José Hurtado de Mendoza, el inseparable guía y compañero. Aquí solían esperarle Ricardo Arredondo, el pintor, Navarro Ledesma, el malogrado ingeniero y dueño de “La Alberquilla” Sergio Novales, Casiano Alguacil, el canónigo Wenceslao Sangüesa y el campanero de la catedral Mariano Portales, y Hermenegildo, el Melejo literario que trasladaba al maestro por los pueblos cercanos y, sobre todo, le subía y bajaba a Toledo en una carreta tirada por dos caballos aderezados con cascabeles. También vino a refugiarse en la finca “La Alberquilla” en 1915, después de tanta decepción y casi ciego.


Sus visitas a Toledo, según G. Marañón, se fijaban en fechas concretas: 19 y 21 de marzo, días de “San Pepino” y de “San Benito”, respectivamente; cada primero de mayo para festejar con los toledanos a la Virgen del Valle; también el primer día de enero, y en Semana Santa, con el fin de entrar en las estancias de clausura de los conventos, abiertas estos días, para ver las joyitas que las monjas custodian con esmero y recato. Jamás faltaba el día del Corpus, a veces acompañado de su hermana Carmen, ni el 15 de agosto, fecha en que el fervor popular celebra a la Patrona, la Virgen del Sagrario. En las estancias largas en Toledo, se alojaba en la pensión de las hermanas Figueras, pensión recomendada por Arredondo, y en varios hoteles: el Castilla y el Lino, sobre todo. Y para comer, acudía con su sobrino y Arredondo al Granullaque.


Gustaba de perderse por las calles y plazas desiertas, y gozaba demostrando que sabía distinguir el sonido de las campanas de las diferentes iglesias y conventos. También gustaba de visitar los conventos y de oír misa en algunos de ellos; después, hablaba con las monjas, que le admiraban desde el coro. Fue Arredondo quien le llevó al convento de San Pablo para ver el cuchillo con que degollaron al santo, y por consideración con el pintor, las monjas les dejaban coger la reliquia entre las manos, momento que aprovechaba el maestro para sacar punta a su lapicero. Y así ocurrió varias veces: las monjas le permitían esta “chiquillada” y el respetado maestro gozaba creyendo que no se enteraban.

Nuestro agradecimiento al Ateneo de Toledo y a su presidente, el profesor Juan José Fernández Delgado, por la imprescindible colaboración en la presente exposición.

En este enlace se puede descargar el tríptico de la exposición y el cartel, con una caricatura original de Eugenio Rivera Claudio.

Para saber más:

Documental sobre Galdós en TVE

Página de Galdós en Biblioteca Virtual Cervantes

Artículo Toledo y Galdós, una historia de amor

Pérez Galdós en centro de documentación del Instituto Cervantes

Pérez Galdós en Wikipedia

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