Delibes sin semáforos

“Permitamos que el tiempo venga a buscarnos en vez de luchar contra él”  Miguel Delibes

Queríamos conocer al autor de El Hereje, esa fantástica novela, esa última novela dedicada a la tolerancia, a la búsqueda de la conciencia, y cuyo transcurrir es en Valladolid.

En la tercera edición de “Lecturas vividas” Pilar organizó un viaje delicioso, lleno de literatura y de sentidos. Para empezar quedamos con Elisa Delibes, la hija de Miguel, a través de la Fundación Delibes. La visita con ella a los lugares en los que transcurrió la vida de su padre fue una maravilla. Elisa vinculaba cada casa a un libro, o a varios. Y lo hacía mezclando erudición con anécdotas, que nos llevaban a un escritor entrañable, cercano y a la vez sabio. Fuimos a ver el colegio donde estudió, y en cuya capilla se casó. Vimos en un pasillo de esa escuela la orla de su bachiller. En El Campo Grande, el parque que recorría casi a diario, estuvimos en el banco en el que se declaró a su mujer, y en el camino que atravesó en un minuto, en bicicleta, para comunicarle que le habían dado el Premio Nadal. Vimos dónde estaba la redacción de El Norte de Castilla, donde tanto tiempo trabajó en casi todos los puestos, desde caricaturista hasta director. Y la Escuela de Comercio, donde fue profesor. La excursión acabó en la casa donde Miguel Delibes redactó El Hereje, y donde nos despedimos de la cordialidad de Elisa, con emoción y agradecimiento.

 

Desde allí nos encaminamos a Urueña, un pueblecito con encanto donde los libros son protagonistas. Dicen que es el único pueblo de España con más librerías que bares. Y visitamos la Fundación Joaquín Díaz, guiados por el mismo Joaquín, folklorista y creador del centro que lleva su nombre. Allí nos enseñó la biblioteca, donde recopila tantos pliegos de cordel y romances, y las otras estancias con tantos instrumentos musicales (cuántas castañuelas), tanta bibliografía etnográfica. Allí le dejamos, envidiándole esa paz, rodeado de lo que suponemos ha sido la obra de su vida. Luego recorrimos las murallas de Urueña, y contemplamos el paisaje del valle en el atardecer.

Al día siguiente, el domingo, hicimos el recorrido que Pilar había contratado con Turismo de Valladolid, y que era precisamente sobre las ubicaciones de El Hereje. La guía, completamente metida en el libro (se sabía párrafos enteros), nos enseñó cada rincón de Valladolid relacionado con lo que habíamos leído.  De tal forma lo hizo que no nos costó imaginar a Cipriano, el protagonista, en las esquinas y edificios que visitábamos. Tampoco nos costó nada imaginar a Mara, nuestra guía, ardiendo en el quemadero de la Inquisición, pues como dijo, ella tampoco hubiera abjurado de sus creencias. También Mara podría habernos quemado a nosotros, viendo cómo nos reconvenía cuando atravesamos un semáforo en rojo o vislumbrábamos lo que quedaba de un convento deshabitado a través de unas rendijas en la puerta.

Qué curioso, el día anterior, en cambio, cruzábamos Valladolid con los semáforos en rojo, tras Elisa y su entusiasmo cordial. Al final, mientras comíamos un lechazo fantástico antes de volver, acordamos que Delibes, hiciéramos lo que hiciéramos, nos hubiera mirado pausado, tolerante y divertido.

Ángel Aguilar.

Coordinador del Grupo de Extensión Cultural de la BUCLM

Un comentario sobre “Delibes sin semáforos”

  1. Genial, divertida y verídica publicación sobre el viaje realizado a Valladolid tras las huellas de Delibes.
    Un placer haber leído “El Hereje” y haberlo vivido.

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