Lecturas de siesta y playa, 1ª entrega. El Barón Rampante, de Italo Calvino

Iniciamos, con el verano, una nueva sección, “Lecturas de siesta y playa”, en la que diferentes amigos nos mandarán una recomendación  literaria. Libros para descansar, en la playa, en el campo, en la piscina, o en la tumbona, como cada cual prefiera.
En esta ocasión recomendamos a nuestros usuarios, lectores y amigos el libro “El barón rampante”, de Italo Calvino. El texto ha sido elaborado por Milagros Carrasco Sanz, historiadora, antigua alumna del Colegio Universitario de Toledo, ex bibliotecaria, ex directiva de la asociación profesional ANABAD-CLM, y en la actualidad dinamizadora cultural y reputadísima cuentacuentos a través de su empresa P55 Servicios Culturales. Hace poco protagonizó el homenaje que se brindó a Charles Dickens en el patio de la Facultad de Humanidades de Toledo. Desde la BUCLM queremos agradecerle su continua y desinteresada colaboración con nosotros.
El barón rampante, de Italo Calvino
Llega el veranito y podemos disfrutar de más tiempo para zambullirnos en la piscina y en algún libro que durante el invierno vamos dejando de lado, o que tal vez no conocemos y no se nos ha ocurrido leerlo. Mi recomendación para este verano, tanto si ya lo conocíais y lo teníais en reserva para abordarlo en las siestas de hamaca y piscina, como si es la primera vez que oís hablar de él, es el libro del escritor italiano Italo Calvino El barón rampante, tercera de las novelas que componen la trilogía Nuestros antepasados; las otras dos novelas son El caballero inexistente y El vizconde demediado.
En realidad podría recomendaros las tres novelas, pero creo que esta tercera es la mejor. Para situaros un poco, Calvino siempre se interesó por la literatura popular, y por afinidad, por el elemento fantástico que predomina en la narración de estas historias. Prueba de ello es el punto de partida de la novela: Cosimo Piovasco di Rondò, a sus doce años, es el heredero de la baronía de Rondò, un territorio situado en la italiana y frondosa Liguria del siglo XVIII. La trama de la historia se desencadena cuando en una de las tediosas comidas familiares, Cosimo se niega a comer los caracoles que ha cocinado su hermana, y desobedeciendo las órdenes de sus progenitores, se levanta de la mesa, sale del palacete en el que viven y se sube a uno de los árboles que hay en el jardín. Cuando le ordenan que baje del árbol para comerse los caracoles, él sentencia: “No bajaré jamás”. Promesa que cumplirá toda su vida.
Sí, futuro lector de este apasionante relato, esto es lo que hace magistralmente Italo Calvino: a partir de una circunstancia totalmente inverosímil como es pasar el resto de la vida en las ramas de los árboles, nos muestra desde allí los diversos acontecimientos históricos, económicos y sociales de una Europa del siglo XVIII marcada por la Revolución Francesa, a través de los ojos de un niño que pasa toda su vida de adulto y después anciano viviendo en las alturas. Siempre con la perspectiva que da ver todo lo que ocurre alrededor desde una determinada distancia.
Desde los árboles, Cosimo conocerá otras gentes, otras culturas, se enamorará, e incluso tal circunstancia le permitirá ahondar en los vicios y pasiones del ser humano.
Cuando abordo la lectura de un libro, lo mismo que cuando me siento a ver una peli, lo que primero me atrae es la historia que creo que me van a contar (vale, como a todos), pero sin importarme de qué modo se haga. Si, por ejemplo, para hablarme de relaciones humanas me lo cuentan dos frikis apasionados de los vinilos de los ochenta (como en la película Alta fidelidad), o para mostrarme la magia de la inocencia infantil y cómo la perdemos cuando somos adultos se hace con la presencia de un monstruo, como en Mi vecino Totoro, me da igual, siempre y cuando lo que se me cuenta sea coherente con el modo en que se me cuenta.
Pienso que esto es lo que ocurre con El Barón rampante. Sitúa muy bien al lector en la  visión distinta que da estar en un plano distinto, en este caso desde arriba; cómo el protagonista, que en el comienzo está socialmente por encima de la mayoría de los mortales (recordemos que es heredero de un título nobiliario), se coloca a su altura cuando contempla lo que le rodea desde arriba.
Milagros Carrasco
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